Growlers tiene algo, a mi entender, que no muchas cervecerías pueden darse el lujo de ostentar. Además de las 20 canillas con las más variadas cervezas (de las cuales la 13: CHEVERRY DUBBEL, pasó a ser mi preferida, muy recomendable), las hamburguesas que son DE VERDAD caseras con una buena variedad de salsas para elegir tipo gourmet y las cositas para picar, como un candy bacon más que disfutable, está ubicada en una esquina privilegiada. Si vienen llegando desde Serrano por el Pasaje Cabrer (como me pasó a mí) las lucecitas que atraviesan la calle ya le dan al lugar una mística que no encontré en otras cervecerías. El pasaje se va conviertiendo de a poco, a medida que transcurre la noche, en una extensión del local: lugar de encuentro y de charla al aire libre, pero siempre cubierto con el halo Growlers (buena música, luces bajas y gente circulando). No es casual que esto suceda, se ocuparon de aprovechar la arquitectura del lugar para ofrecer pequeños recovecos en donde juntarse con los amigos. Sobre el pasaje, justamente, una pequeña barra sobre el alero de la ventana y un banquito bien ubicado debajo, abren el espacio de afuera; sobre la esquina, uno puede sentarse bajo las ramas de un árbol gracias a una estructura de madera puesta a propósito alrededor. Lo puedo decir porque durante toda la tarde del viernes estuve un rato en la barra del pasaje, después, tomando mi Cheberry bajo el árbol y, cuando llegó la hora de comer, en una mesa inmensa y compartida en una terraza exclusiva arriba de todo. Cuando llegó el resto de la monada, aprovechamos la terraza que da a la esquina (desde donde, además, se puede pispear a la gente que está sobre el pasaje) y cuando pintó el frío, las mesitas de abajo cumplieron perfectamente su función. Esto tiene Growlers, para mi, además de buena birra y buen morfi: muchos y muy distintos lugares para estar, acovacharse con amigos o pareja. Cada uno tiene una atmósfera distinta pero todos comparten la misma e inconfundible mística. read more