Esta es una de mis plazas favoritas de todo Madrid, y me imagino que lo mismo les sucede a todos los madrileños. Las hay más escondidas, menos, más visibles, más llenas y más vacías, menos céntricas y más silenciosas, pero creo que todos los que somos de Madrid (incluyendo a los que viven aquí, que para mí son de Madrid desde que ponen un pie en la cuidad) sentimos un cariño especial por la Puerta del Sol.
Centro neurálgico de la urbe, el madrileño estándar viene aquí de tiendas, de paseo, a protestar (aquí estuvieron acampados, durante semanas, los indignados del 15-M), a manifestarse, a agradecer (aquí cuelga la placa en la que Madrid muestra su gratitud por la actuación de los voluntarios y los cuerpos y fuerzas de seguridad del Estado en el 11-M) y sobre todo a celebrar. Especialmente cada 31 de diciembre, cuando miles de españoles tomamos las uvas con los ojos (y sobre todo con los oídos) puestos en el reloj de la Puerta del Sol, esta plaza se convierte en un lugar de celebración sin par.
Tras su última reforma, la plaza ha perdido parte del aspecto que tenía anteriormente para revertirlo quizá un poco más hacia su aspecto original. La archiconocida estatua del Oso y el Madroño, símbolo inequívoco de la ciudad de Madrid, se ha colocado al inicio de la calle de Alcalá, y se ha recuperado la estatua de La Mariblanca, colocándola justo en el lado opuesto al que estaba originalmente.
Y aunque la plaza ha quedado bien, se echan de menos bancos y árboles que permitan a los ciudadanos disfrutar de un lujo cada vez menos común en las ciudades modernas. Porque a pesar de que se ha ganado espacio al tráfico rodado, la plaza sigue siendo más una zona de paso que un lugar en el que sentarse y poder disfrutar relajadamente de las vistas, el trajín de la ciudad y de un enclave absolutamente único en nuestra cuidad. read more