Enamoradísima me hallo de un lugar con tanta historia y personalidad en cada recodo. Imposible ver ni un milímetro de su pared original, pues todo está recubierto con retales de una vida que van desde fotos con grandes rockeros como Yosi o Marky Ramone (!!!) a cuadros, señales, pósters de conciertos, de manifestaciones, de películas, murales de fotos de amigos, matrículas, espejos, camisetas, barricas... ¡de todo! Nos sentamos en una mesa que, al ser pleno verano estaba desierta, pero intuyo ha de ser una de las más codiciadas porque es grandota y encima está comunicada con el pasillo de la barra por un ventanal súper chulo remachado en madera a través de la cual, en lugar de un espectáculo de guiñoles, la dueña nos ofreció un desfile de vasitos rellenos del vermú rojo de la casa, directo desde el barril a nuestro paladar por sólo 1,80. Riquísimo.
La bodega lleva abierta desde que el mundo es mundo y mucha gente del barrio, traspasando hasta tres generaciones, la tiene como la meca inequívoca donde peregrinar a cualquier hora del día, cualquier día de la semana. Me gustó el detalle de que un parroquiano allí sentado, al ver cómo me quedaba embobada por los cuadros, se pusiera espontáneamente a contarme parte de la historia del lugar. También me encantó que durante la hora que allí estuvimos venga el vermú, no sonara otra cosa en los altavoces que puro rock, rock and roll de los cincuenta, y también algo de punk viejuno.
No llegamos a cenar, porque vinimos ya comidos, pero sí vimos que la variedad de las tapas disponibles y sus precios de risa serían la guinda perfecta a todo lo que nos encantó el sitio, ¡volveremos sin dudar! read more