En el segundo año de carrera viví una de las experiencias más trágicas de mi vida. Después de contarla pensarán que debo tener una vida muy triste. Pero os aseguro que lo pasé fatal.
Seguro que habéis imaginado alguna vez que te podrías quedar encerrado en la terraza. Aquello de que cierras la puerta corredera de cristal que sólo se abre por dentro, y cómo no tú la cierras por fuera. Era de mis primeros pitillos y no quería que el olor entrara en el salón, así que iluso de mi cerré la puerta. Después de terminar ese chesterfield, quise volver entrar. No lo conseguí y estaba solo en casa. Después de varios forcejeos y tras quince minutos, las ideas se iban agotando y sólo me quedaba una, coger el cenicero y romper el cristal.
Tuve que hacerlo, no quería dormir esa noche como un homeless. Al día siguiente no me quedó otra que sustituir ese hueco hecho añicos por un cristal en condiciones. Estaba de suerte, en mi misma calle -Argantonio- tenía una cristalería. Uno de estos bajos pequeños en los que se monta cualquier cosa. Así es Dima. Fuí a preguntar los precios y miré los tipos de cristales que tenía; muchísimos, incluso el mío, que más antiguo no podía ser; yo pensaba que era dieciochesco. Además te encuentras todo tipo de aluminios y de tiradores para las puertas, muchos modelos, desde los más clásicos a los más modernos.
Le dije al dependiente que cuando podría llevarle la puerta, sólo había que cambiarle el cristal de abajo. Me dijo que ellos mismos venían a recogerla. Mejor, seguro que me hubiese cargado también el cristal de arriba. Esa misma tarde se pasaron y al día siguiente me lo trajeron. read more