Algunas veces sientes que sobras en un sitio. Eso es precisamente lo que me pasó cuando entré a desayunar en esta cafetería. Había quedado allí con un cámara de la productora en la que trabajaba. Yo a él no lo conocía en persona, igual que tampoco sé moverme por Bellavista. Así que nos pusimos de acuerdo en un sitio fácilmente reconocible para no perdernos.
Llegué un poco antes, por si no daba con el sitio, o no encontraba aparcamiento. Así que opté por esperar con un café en la mano, en lugar de hacerlo de pie y en la calle (aunque ya había desayunado). El bar tiene pinta de llevar ahí desde épocas antediluvianas. Tanto por fuera, como por dentro. La barra tiene marcadas las señales de las notas que los camareros han ido tomando con el paso de los años.
Incluso la clientela parece llevar ahí desde siempre, como si hubiesen hecho un todo en uno con el mobiliario. Se trataba de cuatro o cinco abuelos, que desayunaban en grupo, y unos cuantos albañiles de alguna obra cercana, y que yo no había visto. El camarero, que tardó un rato más largo del deseable en atenderme, charlaba amistosamente con uno de los abuelos, que estaba en la barra.
Tenía la intención de esperar un rato, con un café y una tostada. Pero cuando el camarero se dignó a darse cuenta de que yo andaba por allí, se me habían pasado las ganas. Pedí un café con leche fría, que me bebí de una sentada, pagué y me fui a esperar a la calle. No me gustan los sitios en los que si no eres una cara conocida se olvidan de que existes. read more