Lo bueno de vivir en el seno de una familia ajena es que uno puede acudir a las celebraciones sin necesidad de reparar en si se lleva bien con tal primo o si tal tío se la pasa molestando, porque uno es ajeno pero disfruta los placeres del festejo.
Uno de estos placeres es precisamente la posibilidad de comer en cada reunión familiar de la casa y ser la curiosidad ajena al entorno original. Y aunque a veces soy mejor recibido que otras, siempre me queda consolarme en el pastel, gelatina, flan o detalle para el buen provecho que lleven.
La última vez que el tío Gus fue a casa de los Melisa, llevó un pastel de aquí, y estaba tan bueno que cuando tocó ir a casa de don Gus, nosotros hicimos lo propio y pasamos por uno buenísimo de cajeta. Ni tuvimos que molestarnos en incómodas conversaciones con la encargada de: ¿de qué es?, ¿cuánto cuesta?, para cuántos es?... Porque todo esto estaba clarísimamente establecido en la parte de atrás del mostrador. read more