Aunque pasé por él muchos años, de la mano de mi papá o mi mamá, cuando había que hacer compras o por pasear por el centro, en realidad le conocí bien cuando pasé por ahí de niño, con el amigo de toda la vida, con el que cambiaba cartitas de Dragon Ball desde los siete años. Pasamos y dijo: espera, ¿y si nos quedamos a ver a los mimos? Y desde entonces se le quedó el mote de la plaza de los mimos. Ahora hay payasos, que se enchufan a una bocina enorme e invitan a personas a montar algún número ya sobado. Me gustaba más antes, que sólo se escuchaban las carcajadas de las personas. Los mimos decían más sin hablar.
Por el dos mil siete, en esa plaza, se estableció un tianguis del krishnaísmo. Yo cruzaba la plaza, al volver del trabajo, cuando me intercepta una de estas personas. Me envuelve, dice mil palabras por segundo y me convence de comprarle dos libros que me permitirían conocer más de su religión y ¡zas!, le doy lo que tenía para el camión. Caminé a casa, paladeando la idea de que bien valía la pena por abrir más mi mundo. Nunca entendí los libros. Aún ahora, siete años después, sigo sin entenderlos. read more